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La realidad: una sociedad que envejece…en las ciudades

La sociedad española ha conseguido un logro mucho mayor del que podía esperar: nuestra esperanza de vida ha aumentado de forma paulatina, sin pausa, hasta posicionarnos como el séptimo país más longevo del mundo.
Por Irene Lebrusán
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La sociedad española ha conseguido un logro mucho mayor del que podía esperar: nuestra esperanza de vida ha aumentado de forma paulatina, sin pausa, hasta posicionarnos como el séptimo país más longevo del mundo. Este logro es el resultado del descenso de la mortalidad a edades tempranas (tenemos una de las tasas más bajas de mortalidad infantil del mundo) de una mayor tasa de supervivencia en todos los rangos de edad y de un alargamiento de la vida a edades avanzadas. La longevidad es el nuevo maná, el nuevo petróleo de nuestras sociedades.

Estas vidas más largas se han acompañado de otros cambios demográficos de importancia, como la disminución de la fecundidad: España es, por detrás de Malta, el país con la tasa de natalidad más baja de la Unión Europea. La acelerada reducción de hijos por mujer (de los 2,8 hijos en 1975 hasta el 1,19 en 2020) no se ve compensada por la inmigración, lo que ha dado lugar a una pirámide de población envejecida. Esta realidad suele recibir numerosas miradas y ser planteada en clave de desafío (si no de problema), dejando en segundo lugar el gran logro en la que se basa y el análisis de novedosos aspectos de la realidad a la que ha dado lugar: la redefinición de la vejez.

No solo más personas viven más años, sino que además lo hacen en mejores condiciones de salud y en mejor situación económica que vejeces anteriores. Para quienes han cumplido ya los 65 años en España se calcula que aún tienen por delante 21,4 años en media (19,1 los varones y 23,5 las mujeres). La democratización de la vejez es el gran logro de las sociedades modernas: que más personas vivan más años y en mejores condiciones.

La transición de la longevidad (el paso hacia vidas más longevas) se acompaña de otra tendencia también mundial: la urbanización. A pesar de que las ciudades son a menudo descritas en términos negativos, como fuentes de segregación, desigualdad y fragmentación, además de causantes de problemas relacionados con el medio ambiente y el cambio climático (Gómez and Kuronen 2020) y plantean numerosos riesgos sobre la salud urbana en clave de emisiones (Lebrusán and Toutouh 2021b, 2021a), presentan suficientes atractores como para concentrar grandes grupos de población. Así, a lo largo del último siglo, la población que vive en ciudades ha aumentado más del doble, de modo que, si en 1950 el 52% vivía en ciudades, hoy lo hace el 81% de la población (World Urbanization Prospects – Population Division – United Nations n.d.). Esta es una tendencia en aumento (se espera que en 2050 el 88% de la población española viva en ciudades (World Urbanization Prospects – Population Division – United Nations n.d.)) que no se ha revertido a pesar de las expectativas de vuelta a lo rural concebidas durante la pandemia de la covid-19.

Por lógica, el futuro de la vejez será urbano y, sin embargo, el proceso de envejecer en la ciudad ha recibido escasa atención. Parece estarse olvidando que este es uno de los numerosos cambios que experimenta la vejez y el envejecimiento: un mayor porcentaje de personas mayores son urbanitas desde su nacimiento o desde edades muy tempranas, de modo que han pasado la mayor parte de su vida adulta en una ciudad y es allí donde envejecerán. Este “olvido” niega en cierto modo la importancia del espacio urbano en la calidad de la vejez y provoca que las formas de envejecer en la ciudad hayan recibido la atención suficiente. Sabemos muy poco sobre el papel de la ciudad en el final de la vida.

La realidad de una vejez urbanita contradice creencias generalizadas, como la de que las personas mayores desean volver al pueblo debido a que, entre otros motivos, las ciudades presentan enormes desafíos para un envejecimiento de calidad. Respecto a la primera parte de este argumento, el error parte de una certeza: las zonas rurales están más envejecidas[1]. Este es el resultado de una historia previa de abandono (un éxodo rural que ya terminó hace tiempo y que especialmente protagonizada por mujeres) y de una menor natalidad (resultado de lo anterior), pero no de que, al contrario de lo que en ocasiones parece entenderse, las personas mayores decidan “volver al pueblo”. Gran parte de las personas mayores ya no tienen un pueblo al que volver, bien porque nacieron en entornos urbanos (nunca tuvieron ese pueblo) o bien porque rompieron los lazos emocionales y simbólicos con ellos (Lebrusán Murillo 2017; Lebrusán Murillo 2019). La segunda parte de la afirmación, no obstante, señala algo cierto: las ciudades presentan desafíos para un envejecimiento de calidad.

[1] La edad media del conjunto de la sociedad española es de 43,6 años, pero en los municipios de menos de 5.000 habitantes se acerca a los 50.

 

Los desafios de envejecer en la ciudad

El contexto físico y espacial influye en las personas a lo largo de toda su vida (Phillipson 2011; Wahl and Weisman 2003), llegando a determinar cómo envejecemos y cómo respondemos a la enfermedad, a la pérdida de funciones y a otras formas de adversidad que podemos experimentar en esta etapa final de la vida (World Health Organisation and WHO Global Network for Age-friendly Cities and Communities n.d.). Las personas mayores, además, son más vulnerables que otros grupos de edad a la exposición a contaminantes atmosféricos (Simoni et al. 2015) o a la contaminación acústica debido a la lentitud del procesamiento mental y a los cambios sensoriales que se producen en el proceso de envejecimiento (Paul et al. 2019). También se ven más afectadas por la falta de espacio público (Lebrusán and Toutouh 2020) y por las olas de calor, incluso cuando presentan buenas condiciones de salud (Wilson, Black, and Veitch 2011). Las áreas urbanas son particularmente susceptibles a sufrir el efecto “isla de calor” debido a la alta densidad de población, a la escasa vegetación, al resultado de sustituir la cobertura natural del suelo por pavimentos (aceras, asfaltos) y a la concentración de  infraestructuras que absorben más calor y lo liberan más lentamente de lo que lo haría, por ejemplo, un bosque.

La propia concepción de la ciudad supone un riesgo para la salud y el bienestar de las personas mayores y, si somos realistas, también para personas de otras edades. Además, los diferentes análisis sobre la experiencia de la vejez en grandes ciudades como Madrid (España) señalan múltiples desafíos relacionados con el diseño del espacio público, la conservación de los entornos o el mobiliario urbano y el transporte, lo que estaría dificultando mucho más un envejecimiento saludable (Lebrusán 2020, 2021) y que las personas mayores estén adecuadamente integradas en su entorno.

 

Figura 1: Problemáticas detectadas en el proceso del envejecimiento integrado en Madrid.
Fuente: (Lebrusán 2021).

Existen además grandes diferencias entre unos barrios y otros en la disponibilidad de espacios verdes, la existencia de mobiliario urbano dirigido a la práctica de ejercicio moderado en la vejez e, incluso, en la calidad del aire y la contaminación acústica (Lebrusán and Toutouh 2021b), pero también de la cantidad de bancos y espacios destinados al descanso (Gómez and Lebrusán 2022) e incluso en el acceso y calidad del transporte público (Toutouh, Lebrusán, and Cintrano 2022). Estas desigualdades darían lugar a envejecimientos con distintos grados de “calidad” en la misma ciudad (Lebrusán 2021), funcionando como expulsores potenciales de las personas mayores (hacia otros barrios, áreas o, incluso, municipios) y de una grave segregación etaria: determinados espacios parecen diseñados para no ser compartidos por personas de diferentes edades.

 

Entonces… ¿por qué las personas desean envejecer en las ciudades?

Recordemos que partimos de una realidad contrastada: las personas eligen, por motivos distintos, las ciudades. Es allí donde más del 80% de la población pasa la mayor parte de su vida, incluso si no son autóctonos. Puesto que los adultos mayores, tanto en España como en otros países (Fernández-Carro 2014), prefieren experimentar la vejez de forma independiente, en sus propios hogares y en el entorno que conocen (y que les “conoce”), es esperable que permanezcan en la ciudad que les vio envejecer. Estarían dando forma a lo que se ha denominado ageing in place y que traduciremos aquí por “envejecimiento en el lugar” o “envejecer en casa”. Este sería el proceso de envejecer en su propio entorno, con el objetivo de mantener la continuidad en el curso vital en una situación de independencia (Phillips, Ajrouch, and Sarah Hillcoat-Nallétamby 2010). Este es un proceso electivo que vincula la residencia con el ciclo vital y con la experiencia subjetiva de la vejez. Depende de muchos factores, como las características de la vivienda, la economía doméstica o el apoyo social y familiar, entre otros, pero se basa en el place attachment (apego al lugar, apego al espacio) como aspecto clave.

Por apego al lugar entendemos el que se construye sobre la vivienda y el barrio, que son considerados por las personas mayores “su lugar”, “su entorno”, y que serían espacios construidos subjetivamente a partir de los usos y de la experiencia, no necesariamente coincidente con las delimitaciones administrativas. El apego espacial sería resultado de procesos dinámicos influidos por diferentes dimensiones interconectadas entre sí (en grado variable y según experiencias particulares) y que tiene a su vez una profunda conexión con la “identidad de lugar”. Esta identidad forma parte de nosotros a lo largo de nuestra vida y es clave para nuestra autodefinición.

Diferentes análisis cualitativos (Gómez and Lebrusán 2022; Lebrusán 2021; Lebrusán and Gómez 2022; Lebrusán Murillo 2017; Lebrusán Murillo 2019) han permitido comprender que la permanencia en entornos familiares y conocidos en la vejez, proporciona seguridad, comprendida esta como la ausencia peligro percibido. Mitiga, además, el efecto de los procesos de ruptura respecto a la experiencia vital (lo que somos y lo que nos define) que pueden (suelen) producirse en la vejez con el cambio de roles (como los que podría implicar la jubilación) y de manera más notable entre los hombres (Lebrusán and Gómez 2022). También se ha comprobado que, a pesar de que las ciudades son a menudo descritas en términos de desarraigo y liquidez, centrándose en la impersonalidad, transitoriedad y segmentación de los vínculos entre los habitantes urbanos (Ascher 2007; Bauman 2006), existen, incluso en las zonas más gentrificadas, lazos sociales (social ties) que propician la generación de cierto clima de confort entre las personas que viven en los barrios. Esto es así incluso si no existen lazos fuertes; serían lazos conformados por “desconocidos íntimos” (ese vecino cuyo nombre desconoces, pero al que reconoces) que posibilitan que el entorno esté libre de espacios ignotos y de estrés ambiental, y que refuerzan la sensación de seguridad y bienestar. En este sentido, más que de envejecer en el lugar estaríamos hablando de Envejecer En Sociedad. La permanencia en el entorno conocido donde uno es reconocido hace posible que la dimensión del envejecimiento transmute de ser un identificador del individuo (porque fuera del entorno donde no te conocen, te ven como «un viejo más» y la edad se convierte en el identificador preponderante) a convertirse en una característica añadida de la identidad, pero que no es necesariamente la más importante. De este modo, cumple una función fundamental, que es dar continuidad al ciclo vital a través del reconocimiento externo. El refuerzo de la identidad que supone no estar desconectado del ciclo vital y la idea de continuidad emergen como auténticos pilares del apego al lugar.

También resultan de importancia los lazos familiares y la tendencia a la neolocalización en la configuración del apego al lugar, aspecto especialmente relevante en España, en la medida en que proporcionan recursos de apoyo diferentes -y a menudo esenciales-. En un sentido más inmaterial, la permanencia en el espacio en el que se ha vivido durante la mayor parte de la vida adulta o al menos los últimos años, permiten revivir y proyectar los momentos vividos en el pasado sobre las experiencias del momento presente.

Por último, es un espacio controlable, conocido, en el que la adaptación requiere menos esfuerzo.

Así, de forma sintética y aunque con diferente orden e importancia variable según la persona mayor, los estudios referidos recogen una serie de dimensiones que explican que las personas deseen permanecer en sus ciudades, incluso si esta ciudad les presenta constantes desafíos urbanísticos: (i) la dimensión simbólica adquirida por las experiencias en el hogar, generalmente vinculadas a la familia que hemos creado o en la que hemos crecido; (ii) la percepción subjetiva de seguridad que se tiene sobre el hogar y el barrio (también entendida y construida subjetivamente); (iii) la solidaridad y el apoyo social que puede ofrecer el tejido social del barrio (manifestado de muy diversas formas y con diferentes grados de intensidad y profundidad); (iv) la dimensión de identidad social, entendida como la continuidad del rol de vecino en el contexto de una etapa vital caracterizada por la potencial pérdida de otros roles, y el reconocimiento social (por parte de los iguales, en este caso los vecinos) de esta identidad social; (v) la propia historia vivida en el entorno, que es una construcción psicosocial basada en la experiencia personal en el barrio a lo largo de la vida o, al menos, en los años previos a la vejez (al respecto, veáse (Lebrusán and Gómez 2022).

En definitiva, esta permanencia en el entorno conocido sería un mecanismo que permite a los mayores «apropiarse» del entorno en el que envejecen, de modo que se proyecta una fuerte inversión emocional, estrechamente ligada al sentimiento de familiaridad y de pertenencia al lugar (o barrio) en el que se vive.

 

Algunas reflexiones y recomendaciones finales: ciudades para toda la vida

Envejecer en el entorno conocido desempeña un papel fundamental en el autoconcepto y en el bienestar de una etapa que presenta diversos desafíos a nivel personal. La permanencia en el entorno familiar proporciona además un aumento de la seguridad subjetiva y está profundamente relacionada con la construcción del apego al lugar, la solidaridad grupal y la pertenencia. Por estos motivos, el envejecimiento en el lugar, imbricado al apego al lugar, mitiga el efecto de los procesos de ruptura respecto a la experiencia vital que pueden producirse en la vejez con el cambio de roles asociado a la jubilación y otros procesos vitales. Envejecer en el lugar permite vivir la vejez como una parte más del ciclo vital, una etapa añadida y no disruptiva. Esta elección y proceso simboliza la capacidad de independencia y autonomía y está arraigado en la identidad y la seguridad que ofrecen el hogar y el entorno familiar. Es una forma de apropiarse de la propia vejez y constituye la forma más positiva de afrontar una etapa vital caracterizada por las creencias negativas y por la ausencia de socialización previa en lo que constituye esta etapa, pues no nos preparan para ser viejos. En definitiva, envejecer en el lugar es altamente funcional para la persona “envejeciente”.

Puesto que la mayor parte de la población decide residir en entornos urbanos, nuestras ciudades habrán de estar preparadas para dar respuesta al creciente número de personas mayores que caracterizarán nuestra sociedad en los próximos años. Las agendas urbanas habrán de tener en cuenta las necesidades asociadas al cambio poblacional, creando comunidades amigables con los mayores y, sobre todo, vecindarios para toda la vidaSerá necesario no solo evitar y solucionar los problemas referidos (claves también para el bienestar del resto de la población, independientemente de su edad). También será necesario desarrollar medidas adecuadas que garanticen la permanencia de las personas mayores en el entorno en el que desean envejecer, participando en la vida de sus comunidades, durante el mayor tiempo posible.

A la vista de estas cuestiones, una conclusión inevitable es el necesario llamamiento a las políticas públicas para que pongan en marcha medidas que incidan en la construcción de una sociedad que garantice entornos seguros para las personas mayores. Si bien existen numerosos documentos que señalan cuestiones clave, debemos superar la atomización de abordajes que a veces acusan: la ciudad adecuada para el fin de la vida es aquella que permita a cualquier persona de cualquier edad y condición física y socioeconómica sentirse integrada en el espacio urbano. La ciudad para toda la vida (concepto que necesitamos acuñar) es aquella en la que las oportunidades de acceso a los bienes materiales y simbólicos son equitativas para todas las personas a lo largo del ciclo vital.

Para esto, será necesario crear espacios de socialización en los que las personas de cualquier edad se sientan cómodas y seguras, y que fortalezcan el carácter de barrio y de comunidad, incrementando la disponibilidad de zonas verdes y de aquellas que permitan la actividad física, pero también de zonas en las que, simplemente, estar. El espacio público debe convertirse en un lugar de encuentro, convivencia, e integración social, poniendo en valor la vida cotidiana, recuperando el espacio para el uso peatonal y limitando la privatización del espacio público. El espacio ha de ser concebido para quien corre, para quien juega, para quien camina muy despacio y para quien no puede, asegurando la accesibilidad universal. Las ciudades para toda la vida deberán también garantizar la calidad del aire, limitando al mínimo inevitable la contaminación acústica y lumínica.

Estas medidas, junto a la adecuada conservación del espacio, la adecuación del transporte y del mobiliario urbano no son las únicas cuestiones que necesitaremos para un envejecimiento de calidad en las ciudades, pero sin duda, serán un primer paso.

 

Bibliografía

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