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Sobre la experiencia: Fue una experiencia increíble que marcó un antes y un después en mi trayectoria. Durante aquellos tres intensos días de campus, no solo tuve la oportunidad de ampliar y actualizar mis conocimientos, sino también de compartir aprendizajes con profesionales excepcionales y de conectar con personas maravillosas que enriquecieron tanto el plano académico como el humano.
Aunque es cierto que siempre he sido una persona muy inquieta, de las que disfruta liderando proyectos y soñando a lo grande, esta experiencia me ayudó a aterrizar toda esa energía en dos aprendizajes fundamentales que hoy guían mi día a día.
El primero es el sentido de utilidad y servicio. He aprendido que liderar no se trata solo de tener grandes ideas, sino de hacer cosas que realmente sirvan a las personas. Me di cuenta de que un proyecto solo tiene sentido si tiene un impacto real y positivo en quienes te rodean, si no es útil para la gente, no merece la pena.
Y el segundo aprendizaje clave es el valor del crecimiento compartido. Antes quizás miraba más el reto personal, pero ahora tengo claro que el éxito es colectivo: si yo aprendo con una iniciativa, genial, pero si gracias a lo que he ayudado a construir los demás también aprenden y avanzan, entonces es perfecto. Hoy entiendo el liderazgo como la oportunidad de aportar mi granito de arena, si con mi esfuerzo puedo cambiar cosas, aunque sean mínimas, y ayudar de verdad a mi entorno, me doy por satisfecho.»
La necesidad nació de una inquietud personal que arrastraba desde hacía tiempo. Durante los años del Grado, muchas veces sentí que en la facultad nos faltaba «algo más». Las actividades solían ser muy teóricas o, siendo sincero, un poco aburridas para nosotros; echaba en falta espacios donde la gente pudiera realmente crear y participar de forma activa.
Ahora que estoy en el Máster, mi objetivo personal siempre ha sido traer proyectos nuevos y dinamizar la universidad. Fue entonces cuando identifiqué el momento perfecto para introducir este Laboratorio: una iniciativa innovadora que nunca se había hecho aquí y que realmente mereciese la pena para los alumnos.
El problema principal que quería resolver es esa visión limitada de que estudiar Derecho sirve solo para ser abogado y juez. Pero la realidad es mucho más amplia, por eso quería crear un espacio que nos diera herramientas para mirar más allá, pensar en emprender, en crear una app o en diseñar soluciones que ayuden a los demás y que hoy no existen.
Básicamente, el Laboratorio nació como una oportunidad para todos aquellos inconformistas que no están contentos con los problemas actuales de la sociedad ni con el sistema de aprendizaje tradicional. Quería demostrar que desde la facultad también se pueden incubar startups o proyectos tecnológicos, y que un estudiante de Derecho también puede ser un inventor o un emprendedor social dentro del ámbito jurídico.
Siendo sincero, y como soy una persona muy perfeccionista a la que le gusta que las cosas salgan bien, el choque más duro fue darme cuenta de que la gente hoy en día está muy centrada en lo suyo y lo demás no importa. He notado que falta curiosidad y ganas de aprender, ya que tenemos un pensamiento muy cerrado y, si no nos obligan a hacer algo, simplemente no vamos. Ese conformismo fue el muro principal.
Para superarlo no me quedó otra que ser muy pesado, en el buen sentido, fui clase por clase, pegué carteles, hablé con todo el mundo… porque mi obsesión era que calase el mensaje de que necesitamos salir de nuestra burbuja y de la zona de confort si queremos ver más allá de las clases del día a día.
El otro gran reto fue lidiar con la frustración de lo que no dependía de mí. Hubo momentos en los que sentía que ni los alumnos ni la propia Facultad se tomaban el proyecto en serio, como si pensaran que era una simple charla más y no daban la importancia que se merecía. Eso me desgastaba mucho, porque sabía que si hubiera dependido 100% de mí, se habrían hecho las cosas de otra forma.
La solución fue insistir mucho, explicar lo que era una y otra vez porque las personas no sabían lo que era o no lo entendían, tuve muchas reuniones con la facultad y luché mucho para que dieran la importancia real que tenía el proyecto.
Pero me quedo con algo más importante, gracias a este proyecto he sabido cuáles son mis límites y he descubierto las capacidades que tengo para gestionar problemas y, sobre todo, resolverlos. Nunca había estado en una situación así, y ver que pude sacarlo adelante ha sido el mayor aprendizaje. Al final, a pesar de esos obstáculos, salió todo bien y me quedo con esa satisfacción.
Yo diría que la clave ha sido la constancia y, sobre todo, la capacidad de transmitir ilusión. Siempre he sido una persona muy disciplinada y cuando me motivo y creo ciegamente en lo que estoy haciendo, siento que las cosas terminan saliendo sí o sí.
Para mover a la gente que, como te decía antes, suele estar muy centrada en lo suyo, tú tienes que ser el primero que se crea el proyecto al 200%. Si vas con dudas, nadie te sigue. Creo que mi habilidad principal fue contagiar esas ganas, vender la idea con energía y hacerles ver que esto no era ‘humo’, sino una oportunidad real para ellos.
Y luego, es fundamental tener resiliencia y no tener vergüenza a la hora de insistir. Cuando las cosas se ponían difíciles con la burocracia o veía poco interés, en vez de venirme abajo, le echaba más horas. Como líder, tienes que ser tú quien tire del carro con actitud, porque esa energía es la que convence a los demás de que merece la pena sumarse.
Para mantener esa energía, soy muy partidario de “manifestar”: creo firmemente que hay que proyectar y visualizar que todo va a salir bien para que luego se cumpla en la realidad. Esa mentalidad positiva es la que intento contagiar, basándome en una frase que escuché hace tiempo: “No hay nada imposible”. Si alguien ha hecho cosas que parecían imposibles, yo también puedo hacerlas y si hay algo que todavía nadie ha conseguido,
¿por qué no puedo ser yo el primero en hacerlas? Esa es la actitud con la que he intentado liderar este proyecto y superar cualquier barrera.
Mi consejo es que no tengáis miedo a ser los primeros en proponer algo diferente. A veces da vértigo o piensas que ya lo hará otro, pero les diría que os lancéis, que no vayáis a la universidad solo a aprobar exámenes, sino a dejar vuestra huella. Si tenéis una idea que creéis que puede aportar valor, hacedla realidad. No esperéis a que llegue el momento perfecto ni a tener el cargo ideal, a veces hay que ser un poco atrevido y abrirse camino solo.
En cuanto a la Fundación Mutualidad, han sido la pieza exacta que necesitaba para llevar a cabo las ideas que tenía en la cabeza. Confiaron en mí desde el minuto uno y estoy super agradecido con todo el equipo. Además, me hace muchísima ilusión y me hace muy feliz saber que este proyecto de innovación abierta seguirá en la facultad año tras año, es un orgullo pensar que los que vienen detrás podrán disfrutar de la aventura increíble que vivimos aquel día.
Yo siempre estoy pensando en cosas nuevas para traer a la facultad y espero que podamos seguir trabajando de la mano para hacer cosas grandes, porque siempre se puede ir a más. La Mutualidad te enseña muchas cosas, pero lo que más valoro es la confianza y el trabajo en equipo, son como una familia. Si juntas eso con las formaciones y las ayudas que dan a los estudiantes, tienes la combinación perfecta. ¡Muchísimas gracias a la Mutualidad! Seguiremos innovando y trabajando fuerte.»