La salud financiera y la salud emocional

Capítulo 1: el bienestar empieza mucho antes que la cuenta corriente
Por

Juan Carlos Delrieu
Responsable de la Oficina ASG
Banco de España

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El dinero rara vez ocupa nuestras conversaciones cuando todo va bien. Aparece cuando una avería inesperada obliga a revisar el presupuesto familiar, cuando una llamada del banco genera inquietud o cuando la incertidumbre sobre el futuro comienza a instalarse en el hogar. Entonces deja de ser una cifra para convertirse en una emoción. Dormimos peor, discutimos más, aplazamos decisiones y empezamos a mirar el futuro con cautela. Por eso hablar de salud financiera no es hablar únicamente de economía; es hablar de bienestar, de tranquilidad y, en última instancia, de calidad de vida.

Durante mucho tiempo se entendió que una razonable posición financiera dependía casi exclusivamente del nivel de ingresos o del patrimonio acumulado. Sin embargo, esta visión resulta hoy insuficiente. La investigación ha ido consolidando una noción más amplia, habitualmente denominada bienestar o salud financiera, que hace referencia a la capacidad (objetiva y percibida al mismo tiempo) de atender las obligaciones presentes, absorber un imprevisto y afrontar el futuro sin que las preocupaciones económicas dominen la vida cotidiana¹. Esta aproximación supone que el bienestar financiero no se evalúe únicamente por lo que una persona tiene, sino también por la sensación de control que experimenta sobre su situación económica y por su capacidad para desenvolverse con confianza ante el futuro².

Dos personas con ingresos similares pueden experimentar niveles muy distintos de bienestar financiero. Una puede sentirse segura porque dispone de un pequeño colchón de ahorro, comprende sus finanzas y percibe que mantiene el control de la situación. La otra puede vivir instalada en la incertidumbre pese a disponer de una renta superior. Esta diferencia ayuda a entender por qué la salud financiera no depende únicamente de cuánto dinero se gana, sino también de cuánto control sentimos que tenemos sobre él.

Los datos disponibles para España ilustran con claridad esta realidad. Más del 40 % de la población declara sentirse financieramente insegura; un 43,4 % afirma no estar asegurando adecuadamente su futuro financiero y un 31,1 % reconoce que no podría afrontar un gasto inesperado³. Más revelador todavía resulta que una parte significativa de la población reconozca que sus preocupaciones económicas afectan a su bienestar cotidiano, limitando su capacidad para disfrutar de la vida o generando una sensación de pérdida de control sobre decisiones que deberían depender exclusivamente de sus preferencias personales³.

Más allá de las restricciones presupuestarias o de la capacidad de sostener ingresos, estas cifras revelan una forma de vulnerabilidad financiera percibida que afecta a amplias capas de la población, incluidas muchas personas que no se encuentran en una situación de pobreza o exclusión social. La inseguridad financiera puede instalarse incluso en hogares con ingresos estables cuando existe incertidumbre sobre el empleo, preocupación por la jubilación o sensación de que cualquier imprevisto podría alterar significativamente el equilibrio económico alcanzado.

La paradoja resulta especialmente interesante en el caso español. Nuestro país dispone de uno de los sistemas financieros más accesibles de Europa. La amplia red de oficinas bancarias, cajeros automáticos y servicios digitales sitúa a España entre los países con mejores condiciones de acceso financiero. Sin embargo, el acceso por sí solo no garantiza una buena salud financiera. Un análisis comparado de países europeos realizado por Cristina García-Mochales muestra que España obtiene resultados relativamente favorables en acceso financiero, pero considerablemente más modestos en dimensiones como las competencias financieras, la gestión de las finanzas personales o determinados comportamientos financieros⁴. El principal reto no parece residir, por tanto, en la infraestructura financiera, sino en la capacidad de transformar ese acceso en decisiones que generen estabilidad y confianza.

Desde la psicología económica, el vínculo entre salud financiera y salud emocional está razonablemente documentado. Cuando las personas perciben que sus recursos son insuficientes o inestables, el cerebro activa mecanismos de alerta diseñados para responder a amenazas. El problema es que las dificultades financieras rara vez se resuelven de manera inmediata. Cuando la preocupación se prolonga durante meses o años, la respuesta deja de ser adaptativa y se transforma en estrés crónico, afectando al descanso, la concentración y la capacidad para planificar el futuro.

La preocupación financiera sostenida no solo genera malestar emocional. También consume parte de los recursos cognitivos disponibles para evaluar alternativas y tomar decisiones. La investigación sobre la escasez ha mostrado que las situaciones de presión económica reducen el denominado ancho de banda cognitivo, favoreciendo decisiones centradas en el corto plazo incluso cuando las personas conocen alternativas potencialmente mejores⁵. De este modo se genera un círculo vicioso: las dificultades económicas alimentan el estrés, el estrés deteriora la capacidad de decisión y las decisiones menos eficaces terminan reforzando la vulnerabilidad financiera.

El dinero posee además un significado profundamente humano. Representa autonomía, capacidad para cuidar de quienes queremos, posibilidad de elegir y, en muchos casos, una parte importante de nuestra identidad. Cuando la estabilidad económica desaparece aparecen con frecuencia sentimientos de culpa, vergüenza o fracaso. Paradójicamente, esas emociones suelen conducir al silencio. Se deja de hablar de dinero precisamente cuando más necesario sería hacerlo. El resultado es un aislamiento que termina afectando a la pareja, a los hijos y al conjunto del clima emocional del hogar. De hecho, cuando una persona percibe como una carga situaciones tan cotidianas como participar en una celebración familiar o hacer un regalo, la presión financiera ya ha comenzado a invadir espacios que deberían estar asociados al afecto y a las relaciones personales.

La estabilidad financiera influye también en nuestra percepción de libertad. Contar con cierto margen económico amplía el abanico de opciones disponibles. Permite afrontar cambios laborales, invertir en formación, asumir responsabilidades de cuidado o responder a imprevistos sin que cada decisión se viva como una amenaza. Cuando ese margen desaparece, lo que se reduce no es únicamente la capacidad de consumo, se reduce también la sensación de control sobre la propia trayectoria vital. Y pocas experiencias resultan tan perjudiciales para la salud emocional como percibir que no se dispone de capacidad para decidir sobre el propio futuro.

En el fondo, como señalan Brüggen y sus coautores, la salud financiera debe entenderse como el resultado de la interacción entre factores personales, comportamientos financieros, contexto económico y entorno institucional⁶. Esta visión suscita la importancia de diseñar intervenciones públicas que vayan más allá del conocimiento, la accesibilidad o de los servicios financieros básicos. Esos objetivos siguen siendo necesario, pero ya no es suficiente. La salud financiera depende también de factores como el conocimiento, los hábitos financieros, la capacidad de planificación y la confianza para utilizar adecuadamente los instrumentos disponibles.

En una sociedad que aspira a mejorar el bienestar de sus ciudadanos, se debe admitir que la salud financiera y la emocional no constituyen dos mundos distintos. Ambas descansan sobre pilares comunes: seguridad, control, confianza y capacidad para imaginar el futuro con serenidad. Cuidar las finanzas no consiste únicamente en mejorar un balance doméstico; significa proteger la tranquilidad, fortalecer las relaciones personales y ampliar la libertad para construir un proyecto de vida propio. Del mismo modo, cuidar la salud emocional ayuda a tomar decisiones económicas más prudentes, sostenibles y eficaces. En definitiva, la inclusión financiera abre la puerta y la salud financiera exige saber qué decisiones se deben tomar cuando se cruza para garantizar un mínimo nivel de bienestar emocional.

Referencias

1. Consumer Financial Protection Bureau (2015), Financial Well-Being: The Goal of Financial Education, CFPB, Washington D.C.

2. Netemeyer, R. G., Warmath, D., Fernandes, D. y Lynch, J. G. (2018), “How Am I Doing? Perceived Financial Well-Being, Its Potential Antecedents, and Its Relation to Overall Well-Being”, Journal of Consumer Research, 45(1), pp. 68-89.

3. Observatorio del Ahorro Familiar (2022), Conocimiento y hábitos financieros de la población mayor en España, Fundación Mutualidad de la Abogacía y Fundación IE.

4. García-Mochales Fortún, C. (2023), Financial Health Index for EU Countries: A Conceptualization, Composite-Measurement and Analysis, Trabajo Fin de Grado, Universidad Carlos III de Madrid. Tutores: J. C. Delrieu y S. Battilossi.

5. Mullainathan, S. y Shafir, E. (2013), Scarcity: Why Having Too Little Means So Much, Times Books, Nueva York.

6. Brüggen, E. C., Hogreve, J., Holmlund, M., Kabadayi, S. y Löfgren, M. (2017), “Financial Well-Being: A Conceptualization and Research Agenda”, Journal of Business Research, 79, pp. 228-237.

La vida está llena decisiones financieras. Ahorrar y crear riqueza, adquirir bienes de consumo o contratar un servicio, conlleva a que las personas sopesemos los riesgos y beneficios de una alternativa u otra.
Observatorio del Ahorro Familiar (OAF) de Fundación IE y Fundación Mutualidad Abogacía. Escrito por Yolanda Durán, investigadora afiliada al OAF.
El hábito de ahorrar es en sí mismo una educación; fomenta todas las virtudes, cultiva el sentido del orden, entrena para la previsión y ensancha la mente. TT Munger.
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